Recogiendo la famosa frase de Fredric Jameson de que hoy parece “más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”, el trabajo se vuelve uno de los elementos cruciales para analizar los problemas estructurales que vertebran la sociedad. El trabajo no es solo aquello que hacemos: es el clima que habitamos, el ritmo que marca nuestros cuerpos y la red de relaciones que se forman. A veces, el espacio de trabajo puede ser aparentemente banal, donde el empleo se confunde con el servicio, y el servicio con la obligación de mostrarse disponible, amable, invisible y funcional. En ese espacio aparentemente ligero, marcado por el ocio ajeno, el consumo y la promesa de disfrute, se encuentra una experiencia de desgaste que no siempre encuentra palabras para ser nombrada (y, por tanto, visibilizada). El espacio turístico se torna una forma de relación de clase, un reparto desigual del tiempo, del cansancio y del derecho al ocio. Lo que cabe preguntarnos es: ¿qué formas de vida estamos sosteniendo cuando aceptamos que este reparto del tiempo, del cuerpo y del cuidado es simplemente “lo que hay”? Y, sobre todo, ¿qué ocurriría si empezáramos a nombrar colectivamente aquello que hoy vive invisibilizado?
Mesa de debate con Júlia Castaño, Ernesto Castro y Juan José Mediavilla. Moderado por el periodista Agustín Ramos.

