La vida cotidiana se sostiene sobre una red de cuidados que rara vez ocupa el centro del discurso público. La enfermedad —y en particular aquellas que afectan a la memoria— vuelve visible aquello que normalmente permanece en los márgenes: la dependencia, la repetición, la fragilidad de los cuerpos y de los vínculos. No existe una vida plenamente autónoma. Nuestra identidad no se construye en soledad, sino en relación con otros, en un tejido de gestos, tiempos compartidos y atenciones mutuas. Cuando la memoria se vuelve inestable, esta verdad se intensifica: el vínculo ya no descansa en el recuerdo compartido, sino en la presencia, en el acompañamiento y en la capacidad de sostener al otro en el presente. Desde esta perspectiva, la vulnerabilidad puede ser pensada como una condición común, no como una excepción. No es un fallo del sistema, sino aquello que nos constituye. Sin embargo, no todas las vulnerabilidades son reconocidas ni protegidas de la misma manera. Cuidar implica entonces una dimensión ética y política: ¿quién cuida?, ¿en qué condiciones?, ¿qué formas de vida merecen ser sostenidas?
Mesa de debate con Nach Solís, Elena Faulín Ramos y Rosa Molina. Moderado por la periodista Aida Acítores.

